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Una depresión provechosa

octubre 15, 2009

darwin

Generalmente, eso que llamamos “depresión” sirve para pelearse con los amigos, desestimar a las mujeres, escribir malos poemas, poner canciones tristes una y otra vez, y habitar el cuarto oscuro el suficiente tiempo para no saber en qué fecha andamos. Aunque también es cierto que las depresiones le dan trabajo a psicólogos, cantineros, sacerdotes y teiboleras, por lo general no es bueno padecerlas, o por lo menos no por mucho tiempo.

En no pocas ocasiones, también pueden producir obras en la literatura y en la ciencia, y no de manera directa. Un ejemplo de ello: El origen de las especies.

Vayamos por partes. El viaje que definió el interés de Darwin por la ciencia fue el que hizo a bordo del Beagle, aquel navío para salió a hacer un levantamiento cartográfico a la costa sudamericana y donde por 5 años, Darwin levantó las evidencias que después darían forma a su teoría de la selección natural. En la época en que el Beagle se disponía a zarpar por segunda vez, Darwin no tenía credenciales académicas, por lo que fue aquel viaje el que lo impulsó a seguir el camino de la investigación natural. Bueno, en un principio Darwin ni siquiera tenía intención de introducirse en la ciencia (se preparaba –¿algo podía ser más paradójico?- nada menos que para el sacerdocio).

Pero el capitán del Beagle era un hombre llamado Robert Fitzroy que había tenido un tío suicida. El tío era un importante político inglés que se había batido en duelo en el pasado y que por fortuna habría sobrevivido a ese enfrentamiento. Debido a que no fue herido de muerte en aquel duelo, el tío tuvo la oportunidad de matarse a sí mismo tiempo después, a causa de la depresión. Con ese referente familiar, con el hecho de que el anterior capitán del Beagle también se había suicidado y sabiendo así que tenía propensión a aquello que en otros tiempos se llamaba “melancolía” y hoy hemos dado llamar “depresión profunda”, Fitzroy decidió que no podía enfrentar la soledad del viaje marítimo (debido a las costumbres navales, no era pertinente que un capitán aristócrata tuviera contacto social con el resto de la tripulación). ¿Qué hizo? Buscó discretamente a alguien de su clase social para sumar a aquella expedición y que pudiera hacerle compañía en horas de la comida. ¿Quién podría ser el sujeto ideal para tal función?: la búsqueda llevó a Charles Darwin, un joven acomodado, hijo de un médico, que igual podía servir para la investigación científica.

Si Fitzroy no hubiera sentido la necesidad de compañía Darwin no hubiera sido embarcado en el Beagle –que por otro lado, ya tenía un naturalista para el viaje: Robert McKormick-. Si Darwin no hubiera viajado en el Beagle, no habría sentido el estímulo intelectual necesario para estudiar a profundidad la naturaleza, ni hubiera recabado las pruebas que darían forma a su posterior teoría de la selección natural. Si el tío de Fitzroy hubiera muerto en el duelo, no se hubiera suicidado y Fitzroy no habría tenido un antecedente de depresión lo suficientemente cercano para pensar en llevarse a alguien al viaje (y no falló en sus temores: terminó con su vida años después).  En fin que una revolución científica como la de El origen de las especies pudo darse, entre otras cosas, gracias a dos hombres hundidos en la más terrible de las tristezas.

Por cierto, esta historia la supe gracias al ensayo “La nalga izquierda de George Canning y el origen de las especies” de Stephen Jay Gould, quien para más referencias es este hombre:

stephen jay simpsons

aparecido en aquel capítulo sobre el “esqueleto del ángel”.

2 comentarios leave one →
  1. Cassidy permalink*
    octubre 15, 2009 12:43 AM

    Pinches depresiones, desgraciadamente no todos tenemos un barco; algunos simplemente engordamos más…

    Excelente post.

  2. JM. permalink
    octubre 16, 2009 8:55 PM

    La deperesión ha sido la madre de grandes poetas, investigadores y pintores… Es una fuerza natural, que impulsa (EN ALGUNOS CASOS) a preguntarnos ¿cómo? ¿cúando? ¿dónde?… el resultado es el mismo, terminar con una escopeta en el pecho después de haber escuchado en las esquinas: Ahí va un genio.

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